Disforia de Género

abril 19, 2008

El derecho a ser consecuente con la identidad de género

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Transexualismo: el derecho a ser consecuentes con la identidad de género

Por: Mileyda Menéndez y Maite María Jiménez, estudiante de Periodismo

Correo: mileyda@jrebelde.cip.cu

19 de abril de 2008 00:14:15 GMT
Solteros o comprometidos, muchos hombres son partidarios de «descargar» de vez en cuando con personas extrañas, sin importar que apenas conozcan sus nombres y mucho menos sus historias de vida. La meta para ellos es clara, y el resto solo envoltura apretable, mordible, acariciable… y desechable en la mayoría de los casos.El alma nada tiene que ver en ese intercambio, que cada vez toma matices más abiertos, al punto de que buena parte de las mujeres infectadas con el VIH en nuestro país lo contrajeron porque sus parejas tuvieron sexo con otros hombres en una especie de «exploración» del mundo gay que al parecer se ha puesto de moda para algunos.

Pero como probar un cigarro no te hace fumador, ni beber una botella te hace borracho, por coquetear con la bisexualidad no creen que sean… sí, esa palabra despectiva que están pensando. Es solo su derecho a probar, y fuera de eso siguen siendo muy machos para la sociedad, la familia y ellos mismos.

Eso sí: cuando el hombre promiscuo prevé que su liberación de hormonas será con una mujer, esta tiene que ser XX de pura cepa. Fea o linda, bruja o princesa, no les importa. La marca de calidad debe ser genética, no espiritual ni moral.

De ahí que haya quienes estén preocupados por la salud mental de estos donjuanes, ahora que en nuestro país se habla con más fuerza del derecho de las personas transexuales a ser reasignadas quirúrgicamente para que sus genitales externos se correspondan con su identidad de género, o sea, la convicción personal y privada que cada individuo tiene sobre su pertenencia a uno u otro sexo, según definen los expertos desde hace varias décadas.

Incluso entre quienes no comparten la forma liberal de ver el sexo de estos cazacuerpos, no faltan defensores que los anuncian como futuras «víctimas» de depresión, traumas, posibles suicidios y hasta de creerse en el deber de matar a «ese desgraciado que los engañó», pues solo de pensar que pudieran tropezarse con una vagina construida en un quirófano les hace sentir muy vulnerables.

Usar a otros para su placer está bien, pero sospechar que un día pueden ser usados… ¡qué horror!

Ajustarse a la corriente

No es para desafiar a la sociedad, sino para ajustarse a sus exigencias, que algunas personas transexuales desean operarse. Las leyes, las costumbres, la supremacía de lo que más abunda, han instituido en las civilizaciones occidentales un simplificado código binario para el género, por el que se nos exige vivir como hombre o mujer según la apariencia de nuestros genitales externos.

Lo curioso (¿o hipócrita?) es que esos atributos no deben ser mostrados en público, para no pecar de inmorales, y apenas los usamos, si acaso, por algunas horas a la semana para relacionarnos sexualmente con alguien más.

Por eso se convierte en todo un desafío probar desde la infancia qué somos, no desde lo que sentimos naturalmente, sino desde lo que se espera de nosotros de acuerdo a aquello que los demás adivinan bajo nuestra ropa.

Pero no en todas las personas sentir y aparentar van de la mano, y las primeras en sufrirlas son ellas mismas: la transexualidad no es una elección, ni una fiesta de la desfachatez, como se afirma desde posiciones hegemónicas heterosexuales.

Luego de muchos años de callado sufrimiento, de negarse o interrogarse, de intentos por ajustar su psiquis a lo que piden los demás, muchos de esos individuos se asumen con valentía y deciden vivir abiertamente de acuerdo a la identidad que se han construido.

Ajustar sus cuerpos, y en especial sus genitales, puede ayudarles a cerrar ese capítulo de sus vidas, y a tener la tranquilidad de estar «dentro de la norma» ante los otros.

En Cuba, las personas en esta situación no pasan de unas pocas decenas, y nuestro sistema de salud cuenta con especialistas capaces de atender sus demandas y dar a cada quien el tratamiento médico, quirúrgico y psicológico que necesita para sacarlo de esa crisálida en la que se sienten atrapados desde la infancia.

Desde el punto de vista de los recursos materiales, tal intervención no implica mucho más que cualquier otra cirugía reconstructiva. La disposición para reiniciarlas depende más de factores sociales.

En cuanto a las valoraciones éticas de tal decisión, antes que a los prejuicios con que la sociedad percibe estas operaciones, la mirada ha de enfocarse hacia el bienestar de ese ser humano que sufre por algo en su cuerpo que siente que no está bien, tal como otros modifican rasgos en sus rostros o varían sus proporciones corporales cuando la perciben como fuente de displacer porque motivan burla, desprecio, infelicidad, baja autoestima…

¿Azar o hipocresía?

¿Puede una persona que usa su propio cuerpo para el canje de fluidos, exigir garantías de cualquier tipo? Quien conoce primero al ser humano en su dimensión espiritual, conversa sobre su pasado, se interesa por sus virtudes y defectos y se acerca con respeto, no tiene nada que temer del contacto con otra persona, sea cual sea su naturaleza.

Para un hombre que solo busca un rato de placer, las probabilidades de «tropezar» con una mujer reasignada sexualmente será cien veces menor que la de verse involucrado en un triángulo amoroso que termine en una tragedia pasional.

Mucho menor, incluso, que las de contraer el VIH o sucumbir al estrés de una vida agitada —cargada de hormonas, pero baja en afectos—, que acabe de un latigazo con su miocardio. ¿Y por qué nadie pide un carné de salud o certificado de soltería para tener una aventura sexual?

Asumir a priori que cualquier transexual es un ser engañador y aprovechado, ¿no es tener prejuicios discriminatorios? Creer que una vez satisfechas sus expectativas con la cirugía, vivirán para arruinar la vida de los «inocentes» heterosexuales, como si no tuvieran mejores planes para sí, es condenarles al estilo del filme Minority Report, por la hipotética probabilidad de que cometerán un «delito» que en buena ley solo amenaza a quienes son expertos en cometerlo al estilo de Joaquín Sabina: «Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón…».

¿Hasta cuándo habrá personas que sigan negando a otros (aunque sean minoría) la posibilidad de equivocarse o acertar en sus acciones, como antes se negaba a una mujer elegir marido, o a un negro mirar a una blanca (al revés sí, sobre todo si era una esclava)?

Según este torcido razonamiento, la licencia de caza de Don Juan no puede empañarse con piezas «ilegítimas». Los promiscuos exigen protección para su ego; quieren conservar su derecho a no involucrarse, a no cuestionarse quién es, o quién era, el trofeo con que saciaron sus deseos.

La responsabilidad sexual es un peso aún muy grande para ellos. Por eso no quieren que la oruga se vuelva mariposa, para no ser tentados con sus colores.

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