Disforia de Género

MASCULINO SINGULAR

Masculino singular

Una biografía devuelve a la actualidad al primer transexual que se operó para ser hombre

 

PABLO M. ZARRACINA //ILUSTRACIÓN: M. CASAL / MADRID

LA existencia de Michael Dillon, el primer transexual que se operó para ser hombre, fue una huida a través de un laberinto. Aspiró a la invisibilidad, a ser alguien corriente, y nunca lo logró. A lo largo de su vida, fue al menos tres personas diferentes. Ninguna de ellas conoció la felicidad. Una biografía publicada en Estados Unidos devuelve a la actualidad a este personaje valiente, oscuro y desafortunado. Su autora, Pagan Kennedy, hilvana con sabiduría de novelista las tres vidas de Dillon. La primera de ellas corresponde a la de cualquier inglés de buena familia nacido en 1915. O casi. El problema es que Michael nació siendo Laura, una niña rubia y espigada, la preciosa hermana del octavo baronet de Lusmullen. Su destino estaba marcado por su clase social: aprendería a tocar el piano, tendría unos modales exquisitos y se casaría con la persona adecuada. Sin embargo, nada de eso se cumplió.

La infancia de Laura fue triste y solitaria. A los nueve años se quedó huérfano y fue acogido por sus tías en Folkestone, un pueblo costero del condado de Kent. Allí creció devorando novelas de Tarzán y trotando por los bosques armado con arcos y flechas que el misma confeccionaba. Sus tías, dos personajes excéntricos y controladores, fueron muy rígidas con el, pero también le enseñaron a valerse por sí mismo. Con la pubertad llegó la evidencia de que algo iba mal: era como si la naturaleza le hubiese adjudicado un cuerpo erróneo. Comenzó a resultarle insoportable que la tratasen como a una chica. Se cortó el pelo y sustituyó todos sus vestidos por ropas amplias que le otorgaban un aspecto ambiguo.

El pequeño, soleado y perfecto Folkestone pronto se convirtió en una jaula para el. Un pueblo en el que todo el mundo se conoce no es un buen lugar para alguien que duda de su propia identidad. El modo de escapar fue ir a estudiar Medicina a Oxford. Allí encontró un océano de pensamiento libre y algunos amigos, especialmente entre los grupos de estudiantes homosexuales. En 1938 empezó a tomar píldoras de testosterona. Su voz se hizo más grave, ganó masa muscular, se le ensanchó el pecho y comenzó a salirle vello facial.

Pocos años después, Laura había pasado a la historia. La sustituyó el doctor Michael Dillon, un hombre con barba que fumaba en pipa y vestía traje y corbata. No habría desentonado en cualquier club para caballeros. Su aspecto era el de un respetable burgués, alguien pulcro y discreto, un tipo corriente. Sin embargo, él deseaba algo más que un buen disfraz. En 1946, Harold Gillies, el padre de la cirugía plástica, llevó a cabo una serie de operaciones que convirtieron a Dillon en el primer transexual que se operaba para ser un hombre. Fueron trece intervenciones hechas prácticamente en secreto, en las que la vida del paciente llegó a peligrar. El resultado fue bueno, pero eso no bastó. A partir de entonces, Dillon comenzó a temer que su cambio de sexo trascendiese, que llegase a los tabloides (especie de prensa rosa, pero a la inglesa. Los Tabloids son periódicos de sucesos. Muchas veces con noticias absurdas y sin constatar) y arruinase la reputación de su familia. Eso le obsesionaría durante toda su vida.

Cambio de sexo

Todo se complicó aún más cuando conoció a Roberta Cowell, una rubia con aspecto de actriz de cine cuya documentación decía que se llamaba Robert y había combatido en la Segunda Guerra Mundial. Eran los dos únicos transexuales operados de Inglaterra y vivieron un romance extraño. Tras un año de relación, Dillon le pidió matrimonio a Roberta, convencido de que era la única persona en el mundo capaz de entenderle. Ella no sólo rechazo la propuesta, sino que le anunció que pensaba publicar su historia. Dillon huyó en un barco y se pasó varios meses navegando. Nunca volvería a pisar su país.

Vencido por la depresión, se estableció en la India y comenzó a interesarse por la filosofía budista. Hizo voto de pobreza y trató de ingresar en el monasterio de Theravada, pero la orden no aceptaba a miembros del ‘tercer sexo’. En 1960 entró en un pequeño monasterio perdido en el Himalaya.

El tercer hombre que fue Michael Dillon era un monje extremadamente delgado, con la cabeza rapada y envuelto en túnicas color mostaza, que respondía por Lobsang Jivaka. Apareció muerto en extrañas circunstancias en Dalhousie, una recóndita estación de montaña del Himalaya, el lugar donde, según sus propias palabras, «al fin había encontrado un hogar».

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